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sábado, 12 de octubre de 2013

LO QUE YO NUNCA HARÍA

Hola de nuevo a todos, en verano he desconectado del blog completamente, estos meses no he parado y ni siquiera he tenido tiempo para dedicarle un rato. Espero que hayáis tenido un gran verano, en el que hayáis disfrutado con vuestra familia y amigos, y por fin habéis podido desconectar con el merecido descanso que todos ansiabais, espero que las pilas ya estén recargadas para una  buena temporada. Mi verano ha estado cargado de nuevas experiencias como un campo de trabajo de cáritas que me ha cambiado la vida y me ha abierto los ojos a duras realidades, una escuela de escritores en la que he aprendido un montón de técnicas de escritura (e incluso he dado mis primeros pasos en la poesía) y un campamento cristiano en el que también me lo he pasado genial y me ha hecho reflexionar mucho, pero sobretodo mucha playa.

Este verano también he recibido un premio, el segundo premio del certamen literario "Villa de Montefrío" en la categoría locar con el relato "Las notas del destino" con la importante ayuda de una amiga, Myriam (el relato lo publicaré en el blog el mes que viene). Algo relevante de este verano ha sido la publicación de uno de mis relatos en la  IV revista montefrieña "Manantial", que ha continuación os dejaré aquí junto con mi biografía. Espero que os guste.




LO QUE YO NUNCA HARÍA 


Aquí, de nuevo, deambulando por las calles iluminadas por esos focos sobre palos; con tanta luz y tanto ruido, a veces me resulta imposible descansar por las noches. Mi lugar favorito es un parque en el que hay muchos árboles, donde puedo correr libremente durante el día y dormir en un rinconcito o bajo un banco por las noches. Lo que menos me gusta de esta ajetreada y apabullante ciudad son los coches y las mareas humanas de un lado para otro. Se olvidan de que existimos; parece que no somos unos ciudadanos más. Por ese motivo he acabado teniendo mi propia rutina callejera: de mi parque a un lugar de las afueras de la ciudad que tiene una “M” enorme de color amarillo sobre un fondo rojo. Allí puedo encontrar ricos manjares de carne en los contenedores. Suelo ir de madrugada. Es uno de los lugares más frecuentados por todos aquellos que no tenemos comida segura en un plato. De nuevo vuelvo a mi querido parque, y así una y otra vez, cada día, desde hace ya…perdí la cuenta (nunca fueron lo mío las matemáticas).

Añoro aquellos tiempos mejores. Todos los recuerdos que tengo son de mi infancia. Me metieron en una caja y al principio sentí miedo, pues estaba a oscuras y me acababan de separar de mi mamá y mis hermanos (menos mal que le hicieron unos agujeritos para que pudiese respirar y ver un poco). Tuve la sensación de ir en un coche y después de un rato, que se me hizo eterno, llegamos a una enorme casa que pronto se convirtió en mi hogar. Pude escuchar como un hombre le decía a un niño: “Aquí tienes tu regalo de cumpleaños. Felicidades, cariño”. Rápidamente abrió la caja y jamás olvidaré su cara de sorpresa. Me cogió con cuidado y me puso en el suelo. Al principio estaba asustado, ya  que no conocía aquel lugar, pero gracias a mi nuevo dueño todo fue más fácil. Carlos, que así se llamaba mi pequeño amo, tuvo un gran dilema a la hora de elegir mi nombre. Primero decidió llamarme como a un futbolista: “Se llamará Cristiano; no, mejor, Xabi Alonso; es muy largo; aún mejor, Casillas”. Pero, aunque fuese su ídolo, no le acababa de convencer y finalmente me llamó Melendi, como su cantante favorito. Él también decía que mi pelo negro, largo y lacio, se parecía al suyo. Y así fue como yo, siendo un perro, pasé a tener nombre de una estrella mediática del panorama español.

Siempre que veo perros cogidos por una cuerda a manos de sus dueños, siento ese sentimiento de nostalgia que me invade. A ellos les gustaría poder correr sin ataduras de ningún tipo, mientras que a mí me encantaría caminar, presumiendo de tener un amo que me pasea, me cuida y me quiere. Hasta que lo pierdes, no lo valoras. Antes de verme envuelto en esta realidad, pensaba igual que esos ignorantes  y lustrosos perros con dueño. Era un ignorante más, pero era un ignorante feliz. Y ahora vuelvo a sentirme pequeño, como siempre colgando de un sueño.

Carlos, cuando volvía del colegio, jugaba conmigo. Lo pasábamos genial divirtiéndonos con un palito —él me lo tiraba y yo se lo devolvía— o con una pelota —él intentaba que no la cogiera, pero finalmente siempre lo conseguía—. Al principio, me dedicaba toda la tarde hasta la hora de la cena; pero, con el paso de los meses, jugábamos menos y prefería sentarse frente a un cubo luminoso con un aparato entre las manos, sin dejar de mover los dedos. Siempre odié ese cubo. Los humanos lo miran embobados y parece que se evaden del mundo exterior. Cuando yo quería caricias o jugar, ellos me decían: “Ahora no, Melendi”. Maldito cubo absorbepersonas.

Desde hace un tiempo, me he quedado asombrado por lo que he visto. En mi parque vivía yo solo hace unos años; ahora también viven varios humanos y duermen en los bancos, e incluso los he visto rebuscando en la basura para poder comer. Siempre andan serios y, cuando hablan, nombran palabras como “trabajo, hipoteca, crisis…”. Parece que también han sido abandonados como si se tratase de perros, pero los humanos no tienen dueños. Cuando son pequeños son cuidados por sus papás, pero después pasan a ser libres e iguales. Yo prefiero decir que han sido abandonados por la sociedad, que es aún peor.

Pasaron los años y Carlos cada vez me prestaba menos atención. Ya casi nunca me sacaba a pasear, y ese momento tan feliz para mí —y una actividad que odiaba mi dueño— era ya responsabilidad de sus padres; pero ellos nunca mostraron el mismo cariño que Carlos me dio a mi llegada. Cuando comenzó el calor, y un montón de mosquitos volaban por el aire, todos prepararon sus maletas y pensaba que se irían sin mí, pero me equivocaba; me subieron al coche y escuché el motor. No paraba de mover la cola, porque irme de vacaciones con ellos significaba que era uno más de la familia y que me seguían queriendo. Cuando estábamos rodeados de campo y circulábamos por un camino gris y con líneas blancas, lleno de baches, el coche se paró y todos se bajaron. Yo hice lo mismo. Pensé que estarían cansados y después de un descanso continuaría nuestro trayecto. Pero, sin yo esperarlo, se subieron de nuevo al coche, esta vez sin mí, y arrancaron. Entonces sentí lo peor que he sentido nunca, sentí que sobraba, que no era más que eso, un animal, un perro. Entonces sentí que mis sentimientos van en chandal y los suyos visten de Dior. Pasé los peores días de mi vida. Mis ojos no derramaban gotas saladas, como les ocurre a los humanos, pero mi corazón sí lloraba; eran lágrimas desordenadas.

Durante mucho tiempo, perdí la esperanza de volver a ser querido y protegido por un humano o una familia. Todos me miran con cara de “eres un perro abandonado, con pulgas, que nadie quiere tocar”. Cómo me gustaría poder hablar con ellos y contarles mi historia. Tiempo atrás aprendí que los humanos siempre hacen lo mismo: juzgan a los demás sin saber el camino que han recorrido, ya sean humanos como ellos o perros como yo; la cuestión es sentenciar y señalar. Humanos ignorantes también hay a montones. Yo defiendo aquello de que a pesar de que las ropas estén sucias o estén rotas casi nunca están reñidas con tener buen corazón.

Todo cambió aquel día. ¡Qué gran día! Una chica joven me vio y me observó, se acercó a mí y me acarició. Yo estaba tan contento. Al final parecía no ser invisible para alguien. Se fue y, tras un rato, volvió con comida en un plato. Por fin sentí que le importaba a alguien. ¡Qué gran sentimiento! Durante una semana, mi rutina cambió y ya no fue necesario andar kilómetros diarios para comer. Aquella adorable humana me traía comida dos veces al día. Tras esa semana, vino con un collar y una correa, me amarró y me llevó a la consulta del veterinario, donde me lavaron y me peinaron, dejándome como un pincel. Entonces sentí nervios, los nervios de un nuevo hogar, nuevas personas y nueva vida. Pero por primera vez noté que mi nueva dueña tenía algo en común conmigo: sentimientos. Desde el momento en que percibí el olor a pienso, decidí ser el mejor perro del mundo y cada vez que miraba a mi ama a los ojos le pretendía decir: “No tengo fortuna, te ofrezco tres cosas: alma, corazón y vida y nada más”.



A Mari Carmen, una mujer que es como la dueña del protagonista, una amante de los perros, la mejor amiga de ellos.



Gracias por visitar mi blog. Sed felices. (:


sábado, 27 de abril de 2013

LA TORRE DE LOS MIL VIENTOS

Hola de nuevo, perdón por mi ausencia en marzo pero mi ordenador estaba roto.
¡¡¡¡Ya el blog ha cumplido un año!!!!, para celebrarlo el mes que viene subiré dos entradas. Este mes voy a publicar el primer relato con el que gané el primer premio del XXIX certamen literario "Villa de Montefrío" (año 2009), espero que os guste tanto como a mí.



LA TORRE DE LOS MIL VIENTOS
La  historia  que  os  voy  a  contar, tiene  como  protagonista  a  una  niña  de  once  años llamada  Begoña.  Era  de  baja  estatura  y  delgada  de  cintura,  su  cara  era  alargada  y  sus cabellos  castaños,  su  nariz  era  chata  y  tenía  unos  ojos  almendrados  de  color  miel.  Ella era  risueña  y  generosa,  tenía  una  gran  imaginación  y  su  afición  favorita  era  dibujar.
Begoña  vivía  en  una  casita  de  campo  con  sus  padres  y  su  abuela,  a  la  que  quería mucho,  pues  siempre  le  explicaba  historias  fantásticas,  que  hacían  aumentar  día  a  día  su  imaginación.
Cerca  de  su  casa  había  una  granja  con  muchos  animales,  Begoña  hablaba  con  ellos  y  eran  sus  mejores  amigos.
Ella  no  tenía  la  oportunidad  de  ir  al  colegio  porque  estaba  muy  lejos,  pero  como  su  madre había  sido  profesora  era  quien  le  enseñaba  todas  las  mañanas  a  leer,  escribir, matemáticas,  historia…
Todas  las  tardes  daba  grandes  caminatas  por  los  senderos  de  la  campiña  que  rodeaba   su  casa.
Un  día  decidió  ir  por  un  sendero  estrecho  que  siempre   había  atraído  su  curiosidad, pues  en  una  de  las  historias  que  le  había  contado  su  abuela,  decía  que  al  final  del camino  había  una  maldición.  Anduvo  largo  rato  y  a  lo  lejos  divisó  una  torre,  dedujo  que  era  una  torre  antigua  por  la  forma  que  tenía  pero  no  estaba  nada  desgastada,  al contrario,  parecía  que  nunca  había  sido  habitada,  ni  siquiera  visitada.
Se  acercó  a  ella,  con  pasos  lentos  y  cara  de  asombro,  sin perderla  de  vista.  Cuando  llegó  al  pie  de  la  torre,  empujo la  puerta  que  estaba  entre  abierta,   el  interior  de  la             torre  estaba  vacío,  sólo  había  una  estrecha  escalera  en  forma  de  caracol,  la  torre  tenía  tres  pisos  exactamente  iguales  con  dos  puertas  en  cada  planta,  cada  habitación  estaba pintada  de  un  color   diferente.
Begoña,  como  tenía  mucha  imaginación,  decidió  llamar  a  cada  habitación  con  el  nombre  de  un  sentimiento  y  adornar  sus  paredes   con  cuadros  que  trasmitiesen  esos sentimientos.
Llamó  a  la  torre,  “La  torre  de  los  mil  vientos”,  ya  que  la  sensación  que  sentía  cuando estaba  dentro  de  ella,  era  que  sus  pensamientos  e  ideas  volaban  igual  que  los  vientos.
A  la  habitación  amarilla,  le  llamó  alegría,  a  la  habitación  verde  le  llamó  esperanza,  a  la habitación  rosa,  le  llamó  belleza,  a  la  habitación  blanca,  olvido,  a  la  gris,  tristeza  y  a  la roja,  amor.
A  partir  de  aquel  día  cada  tarde  llevaba  un  dibujo,  Begoña  estaba  viviendo  una experiencia  inolvidable,  que  jamás  olvidaría.
  En  la  habitación  de  la  alegría  ponía  cuadros que  ella  había  dibujado  de  familias  y  fiestas,  en  la  habitación  de  la  esperanza,  personas con  fe  con  una  expresión  difícil  de  describir,  en  la  habitación  de  la  belleza,  atardeceres y  paisajes,  en  la  habitación  del  olvido,  cuadros  abstractos  de  esos  que  nunca  se  te quedan  en  la  memoria,  en  la  habitación  de  la  tristeza  personas  llorando  amargamente  y en  la  habitación  del  amor,  reencuentros  de  personas   abrazadas o situaciones parecidas.
Un  día  decidió  no  poner  más  pinturas  en  la  torre  de  los  mil  vientos,  ya  no  cabían  y además  ya  no  hacía  falta,  pues  la  torre  estaba  realmente  bonita.
Siguió  visitando  su  torre,  tarde  tras  tarde,  contemplando  sus  obras,  era  donde  se  sentía completamente  feliz,  pero  llegó  un  día  en  que  ya  no  pudo  ir  mas,  pues  su  abuela  cayó gravemente  enferma  y  ya  no  quiso  separarse  de  ella.
Cuando  su  abuela  murió,  pasó  unos  días  muy  malos,  ya  que  añoraba  las  historias  que su  abuela  le  contaba  todas  las  noches  después  de  la  cena,  pero  Begoña  se  refugió  en su  torre  para  superar  la  tristeza  que  sentía,  porque  en  cada  habitación  que  entraba,  le invadía  ese   sentimiento.
Entonces,  sus  padres  tuvieron  que  tomar  una  difícil  decisión,  debían  irse  a  vivir  a  la  ciudad.  Las  primeras  semanas  fueron  complicadas  para  Begoña,  todo  era  nuevo  para ella,  los  coches,  los  semáforos,  las  farolas,  los  peatones,  las tiendas…  pero  sin  duda,  lo que  más  echaba  de  menos  era  la  Torre  de  los  Mil  Vientos  y  siempre  estaba   triste.
Con  el  tiempo  se  dio  cuenta  que  vivir  en  la  ciudad  tenía  sus  ventajas,  allí  pudo  ir  al colegio,  donde  hizo  muchos  amigos  y  vivir  con  ellos  momentos  muy  felices,  finalmente, consiguió  amoldarse  a  la  ciudad  olvidando  totalmente  la  torre  de  su  infancia.
Transcurrieron  los  años,  Begoña  se  casó  y  tuvo  hijos,  estos  al  crecer  le  hicieron  recordar  los  grandes  momentos  que  durante  su  niñez  había  pasado  en  la  torre  a  la  que ella  llamaba  Torre  de  los  Mil  Vientos.  Un  día  decidió  que  había  llegado  el  momento  de    mostrar  a  sus  hijos  la  existencia  de  un  lugar  tan  maravilloso  donde  te  podías  olvidar por  unos  instantes  de  la  realidad,  por  lo  que  organizó  una  excursión  campestre.
Begoña  recordaba  con  exactitud  el  camino  que  había  que  seguir  hasta  llegar  a  la  torre, toda  la  familia  se  dirigió  hasta  aquel  lugar,  pero  al  llegar  al  sitio,  ni  ella  ni  sus  hijos eran  capaces  de  ver  la  torre.
Begoña  se  había  acostumbrado  a  la  ciudad  y  sus  hijos  carecían  de  la  imaginación  que su  madre  tenía  con  su  edad,  pues  la  Torre  de  los  Mil  Vientos,  no  era  más  que  la  torre de  la  imaginación.

Gracias por visitar mi blog. Sed felices J








jueves, 28 de febrero de 2013

UN VERANO INOLVIDABLE

Este mes, voy a continuar subiendo otro de mis relatos ganadores del  XXX certamen literario "Villa de Montefrío" (año 2010, primer premio), espero que os guste.



UN VERANO INOLVIDABLE

Tengo 11 años, me llamo María y tengo una gran diferencia respecto al resto de mis compañeros de clase, mi piel es de color negra, mi madre dice que no tiene importancia el color de piel, pero para mí sí lo tiene porque algunos niños de mi clase se meten conmigo y otros me miran despectivamente, no me gusta ser diferente, ni siquiera sé la razón de por qué lo soy.
Entonces, un día, cuando mi madre llegó del hospital, ya que es médica, le pregunté:
-¿Por qué mi color de piel no es como la de los demás?
-Sabía que algún día llegaría esta pregunta y es hora de decirte la verdad: cuando tan sólo tenías un mes de vida, yo te adopté, aunque no eres mi hija, yo te quiero como si fuese tu madre.-dijo ella con su voz tranquila.
-¿Es que mi verdadera madre no me quería?-dije yo.
-Te quería mucho, pero naciste en un país tan pobre que no te podía mantener, ya tenías más hermanos y en Somalia la comida y el agua escasean mucho.
-¿Y por qué yo, y no otro de mis hermanos?
-No se puede saber, pero seguramente fue porque eras una niña. Somalia es un país subdesarrollado y hay grandes diferencias entre el hombre y la mujer, allí las mujeres no tienen tantas oportunidades como en España.
-¿Cómo hubiera sido mi vida en Somalia?-pregunte yo.
-Si de verdad quieres saberlo, me puedes acompañar a Somalia este verano, yo tengo que trabajar allí durante un mes y tú podrás descubrir como hubieses vivido, si te hubieses quedado en ese país.
-Sí-contesté rápidamente.
-Pero debes tener en cuenta que allí las cosas son muy diferentes.-dijo mi madre.
Llegaron las vacaciones de verano, y nos fuimos a Bossaso, una ciudad de Somalia, exactamente al campamento Askar.
Mi madre no me había dejado llevarme mis videojuegos, sólo mi muñeca favorita y poca ropa de mi armario.
Cuando llegamos, me dejó con una mujer que trabajaba en la misma ONG que mi madre, lo que menos me gustaba era tener que hablar en inglés todo el tiempo, pero tengo la suerte de ir a un colegio bilingüe, la mujer me explicó que las niñas de mi edad tenían que llevar un velo llamado hijab, y que no todas sabían hablar inglés, porque la mayoría de ellas no iban al colegio.
Entonces me señaló a una niña que había bajo un árbol, con un libro abierto, me animó a ir a hablar con ella. Me acerqué despacio, llevaba un hijab azul y su piel era como la mía.
Al principio tenía un poco de vergüenza, pero después no parábamos de hablar, ella se llamaba Murayo, tenía los mismos años que yo y tenía siete hermanos, ella acudía a la Escuela Primaria de Daryell, tres horas diarias, a ese colegio iban ciento setenta alumnos y sólo veinte eran niñas, después tenía que ir a trabajar para ayudar a sus padres, le encantaba ir al colegio, donde aprendía árabe e inglés y de mayor quería ser maestra.
Yo le expliqué que vivía en España, que iba a un colegio bilingüe cinco horas al día, a donde iban todos los niños y niñas, entonces valoré la importancia de ir al colegio, siempre digo que la escuela es muy aburrida, pero para ella era todo lo contrario. Su casa era de cartón, barro y ramas de árboles, y no tenía juguetes, entonces le enseñé mi muñeca, le pareció preciosa, en su cara se reflejaba el asombro, jamás había visto una igual. Su juego favorito se llamaba Mancala, era el ajedrez africano, me enseñó a jugar y yo le enseñe el juego del tres en raya, me divertí mucho.
Por la noche cuando vi a mi madre, le conté que había hecho una nueva amiga, ella se puso muy contenta y a partir de ese día quedaba con Murayo el rato que tenía libre, bajo la sombra de aquel árbol. Pasábamos tardes enteras hablando, jugando, y como dice mi madre intercambiando nuestras diferentes culturas. Como ella tenía poco rato para estudiar, aprovechaba para estudiar un poco y yo aprendí algunas palabras en árabe y le enseñe algunas en español.
Un día me enseñó a bailar un baile tradicional llamado zar, antiguamente servía para eliminar la posesión del espíritu y los problemas emocionales, pero realmente te hacía olvidar por un momento los problemas del mundo: la pobreza, la desigualdad, la guerra… Y pensar en la felicidad, un sentimiento que desgraciadamente no pueden experimentar todos los niños del mundo.
Ese mes inolvidable pasó rápidamente, me daba mucha pena tener que irme de allí, pero no me iría con las manos vacías, no solo pasé grandes momentos con Murayo, también aprendí que te puedes divertir mucho sin juguetes ni videojuegos, la importancia de una familia, la compañía, valorar lo que se tiene, e incluso tener una casa.
La última tarde que pasé con ella, me tuve que despedir, le dije que me encantaría volver el próximo verano, quise hacerle un regalo, le di mi muñeca, le tenía mucho cariño, pero yo tenía muchas y ella no tenía ninguna, el mejor regalo que ella me pudo ofrecer fue su sonrisa y su alegría contagiosa, que jamás olvidaré.
En el viaje de vuelta a España, dije a mi madre:
-Gracias mamá, por darme la oportunidad de vivir en un país desarrollado, no sé que hubiese sido de mí si hubiese vivido en Somalia, rodeada de pobreza, analfabetismo, desigualdad… Estoy segura que sin este viaje no me hubiese dado cuenta de la suerte que tengo y de que existan personas solidarias como tú, no ha sido una experiencia cualquiera, sino lo que me ha hecho madurar, ya no te pediré todo lo que me gusta porque recordaré a Murayo, en su familia no tienen dinero y ni siquiera hay tiendas con espectaculares escaparates.
Entonces, mi madre mi dio un gran abrazo y sentí que ella era feliz completamente, al igual que yo.  

Gracias por visitar mi blog. Sed felices :) 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL GLOBO MÁGICO

Os vuelvo a pedir perdón por esta larga ausencia (injustificada).
Estos últimos meses han sido muy importantes e intensos para mí, unos meses de cambios y adaptación a mi nuevo colegio, casa, ciudad, amigos...Por lo que tengo un montón de ideas y proyectos nuevos, que verán la luz en este blog. Estoy deseando que llegue navidad y poder dedicar tiempo al difícil oficio de escribir (pero no por ello menos apasionante).
Esta entrada se la quiero dedicar a mi queridísima Julicienta porque estoy deseando volver a verla (las mismas fechas que la última vez que nos vimos pero esta vez sin grapas ni cajas rojas de nestle). Tengo muchas cosas que contarte, jamás pensé que un año pasaría tan rápido, parece que fue ayer.

Aquí os dejo mi relato ganador del XXXI certamen literario “villa de Montefrío” (año 2011, primer premio):



EL GLOBO MÁGICO

Aquellas tardes espesas de invierno, donde los minutos parecían horas y las horas, días… Frente al papel blanco, con la pluma en la mano, ni una sola idea que plasmar, como si mi corazón estuviese vacío de sentimientos  y mi mente de imaginación.

Corrían tiempos inciertos, llenos de soledad, todavía no había superado las heridas que me había dejado mi feliz pasado, aquellas cicatrices no me permitían afrontar el presente, me veía solo, sin  compañía alguna, sin un trabajo estable, tan solo algunos meses en trabajos temporales no muy bien pagados, quise dejar atrás esta forma de vida y ser escritor, pero nadie dijo que fuese fácil, aquí me ves.

Pronto todo cambió, aquel día gélido de enero, decidí salir a pasear, para pensar, a observar al mundo. Vi a un niño llorar desesperado, tan solo eso me dijo algo, me gustan los niños y mucho más verlos felices, ver en su cara una gran sonrisa llena de ilusión, alegría, inocencia… Mi verdadera vocación era ser vendedor de globos, pero no unos globos cualquiera de los que tienen forma de bob esponja o Dora la exploradora, ni tampoco de los que llevan cogidos los niños en la mano ni los que van atados a los carritos de bebé, mis globos iban a ser mágicos, de todos los colores alegres que te puedas imaginar, en la cuerda del globo iría un deseo y luego echaríamos el globo a volar y así el deseo se cumpliría, pero solo había una norma, los deseos no podían estar relacionados con juguetes ni ninguna otra cosa material, debía ser un deseo de corazón que se desease de verdad, relacionado con personas y con cosas bonitas.

En un par de meses me vi trabajando en la calle entre dos árboles en un gran paseo de mi ciudad, los niños se acercaban con sus padres y  escribíamos el deseo sin que el papá o la mamá se enterasen yo era una especie de confidente de deseos ya que si los deseos se cuentan no se cumplen, alguien tenía que escribirlos, ya que ellos no sabían muy bien. No recuerdo todos los deseos pero si muchos, algunos estaban relacionados con los hermanitos que iban a tener o los que les gustaría tener, sobre algún familiar enfermo que tenían en el hospital u otros parecidos, a todos los niños le decía lo mismo que si su deseo se cumplía tenían que venir a contármelo para a si poder compartir juntos la alegría.

Un bonito y agradable día de primavera, se acercó una niña muy espabilada, que tendría unos cuatro años, venía junto con un hombre joven y trajeado, que parecía haber comprado el globo un poco resignado, con aires de mal humor, recibió una llamada de teléfono y se alejó un poco de nosotros, entonces Estela, que así se llamaba la niña me dijo al oído su deseo:
“Quiero encontrar a mi papá de verdad, cueste lo que cueste.”
Palidecí ligeramente y le pregunté porque pensaba eso, ella me contestó:
-Bueno, la verdad es fácil de saber porque mi papá quiere más a mi hermanito que a mí y cuando le pregunté a mi mamá que si él era mi papá de verdad se puso tan blanca como te has puesto tú ahora mismo.
Esbocé una tímida sonrisa, esa niña no tenía ni un pelo de tonta, hasta el momento había sido la única niña que había conseguido sorprenderme, tocarme un poquito el corazón y a la vez sonrojarme. Ella misma me cambió rápidamente de tema, y me preguntó:
-Y los globos que se echan al cielo con un deseo, ¿ a dónde van?
Ahora más que nunca, sacando mis de dotes de escritor frustrado, improvisé una respuesta que me quedó bastante bien:
-Pues, no todos los adultos ni los niños saben esta historia, pero la verdad es que es muy bonita: los globos vuelan en el aire , el viento los lleva a una estrella no muy lejana pero que por las noches no se puede ver, tan solo se ve en las zonas polares, en el polo norte y sur en los meses que hace mucho frío y es preciosa, el cielo se llena de colores, imagínate, de todos los colores  de los globos que hay allí, esto se llama Aurora Boreal, yo no tengo ninguna foto pero seguro que alguien te podrá enseñar alguna.
La niña sonrío ilusionada, esa mirada que adoraba de los niños.

Antes de que se fuese le dije:
-Sigue investigando, Estela, pero sobretodo no pierdas la fe, si algún día  tu deseo se cumple prométeme que vendrás a contármelo.
-Te lo prometo, vendedor de globos.
Su “padre” le cogió bruscamente de la mano y comenzó a andar rápidamente, Estela me siguió con la mirada, sonriéndome y diciéndome adiós con la mano.
Aquella niña me hizo pensar, recordar mi pasado con Esther, la persona con la que era feliz hasta que un día me dijo: “Me enamorado de otro”, jamás pensé que cuatro palabras pudiesen destrozarme por dentro, echar a perder un matrimonio, todo un camino hacia la felicidad y en ese momento el presente y todo lo que venía, aún no lo he superado, por el hecho de saber que estaba embarazada, pero no sé si de mí o del “otro”, de todas formas aunque tuviese por ahí un hijo/a que ni siquiera me conoce, ¿quién querría tener un padre vendedor de globos?. Además, el mundo es demasiado grande como para que se encuentren un padre y un hijo y en caso de cruzarse por la calle, ninguno de los dos se reconocerían, no creo en las coincidencias ni mucho menos en el dicho: “El mundo es un pañuelo”.

Los días transcurrían y seguía vendiendo globos, que enviábamos a aquella estrella no muy lejana que producía la Aurora Boreal, de vez en cuando venía algún niño y me decía que su deseo se había cumplido, entonces yo me ponía tan feliz como él, de esos deseos cumplidos dependía mi felicidad, por el simple hecho de ver a un niño feliz. Pero entre todos esos niños que venían a compartir conmigo su gran noticia, nunca era Estela, estaba seguro que ya no tendría problemas con su padre y eso que pensaba tan solo era cosas de niños, que aquella niña no viniese significaba que volvía a ser feliz y que aquel hombre era su verdadero padre.

Mi manera de pensar dio un cambio radical cuando a la distancia vi a una niña cogida de la mano de una mujer, primero reconocí a Estela y después a la mujer, era Esther.
Me dio un vuelco al corazón y me faltaba el aire. Estela corrió hacía a mí, me dio una fotografía de la Aurora Boreal e inmediatamente me dio un abrazo, que inevitablemente produjo aquella lágrima de la felicidad encontrada.
Gracias por visitar mi blog. Sed felices. (:


miércoles, 15 de agosto de 2012

DIARIO DE SARA

He vuelto a ganar el certamen literario "Villa de Montefrío" (cuarto año consecutivo), así que aquí os dejo el relato:

DIARIO DE SARA
10 de junio de 2011: Tras dos meses de médicos, una operación y mucho miedo, mi médico me ha dado el veredicto final:

-Tu cáncer de estómago está muy avanzado, no lo hemos podido parar a tiempo, lo siento.

Estoy destrozada, dar esta noticia a mi familia y amigos no es nada fácil, solo lo sabe mi hermana Cristina, porque me acompañó a la consulta, en estos meses no me ha abandonado ni un solo segundo.

Las palabras de ese hombre me retumban en la cabeza, a partir de hoy todos me verán como una pobre chica desafortunada por estar en esta situación, pero yo no me veo así, me veo como una mujer con mala suerte con un cáncer sin cura, pero con fuerzas y ganas para pisar el acelerador de la vida a tope.

Lucharé sin pensar en el pasado, lucharé por un futuro y lo más difícil, todo se resume en vivir el presente.
Si cierro los ojos y dejo pasar un segundo, otro y otro más, esos valiosos instantes que a simple vista no significan nada, se convierten en segundos vacíos, huecos de vivencias, sentimientos, ideas o experiencias.

Hoy toca aprender a decir ahora, un ahora que es el vivir, aprovechando el futuro; viviendo el presente; teniendo un gran pasado. Porque luchar por un futuro, sin pensar en el pasado ni en la realidad significa luchar en cada segundo, vivir el presente.

A partir de hoy pintaré mi vida del color que me apetezca en cada momento, estos últimos meses serán de muchos colores, pero sobre todo serán de amarillo, blanco, rojo… todos los colores vivos y alegres que te puedas imaginar.

20 de junio de 2011: Todos mis conocidos ya saben la noticia, ha sido difícil, pero no es tiempo de llorar, estoy viva, hoy toca vivir. El sábado 25 haré una fiesta en mi casa para celebrar el comienzo del verano, vendrá mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo…Será una fiesta increíble (menos mal que tengo una casa grande).

29 de julio de 2011: La fiesta fue entrañable, divertida, muy especial. En este mes de julio he estado trabajando, me encanta mi trabajo, no lo quería dejar. Ha sido un mes lleno de pequeñas cosas: salir a merendar con mi mejor amiga, una tarde de compras con mi hermana, ver una película con mis sobrinos, una cena en casa de mis padres…pero sin duda lo más destacado y significativo para mí, ha sido el poder ser voluntaria en el hospital que he pasado por mis peores momentos, con los niños con cáncer hospitalizados, toda una experiencia muy personal y gratificante. La vida está compuesta de pequeñas cosas, una gran verdad.

Tengo bastante dinero ahorrado, era para el futuro, mi futuro es mañana, me lo pienso gastar todo: una parte para la asociación española contra el cáncer para que sigan investigando, también; un crucero de dos semanas con mi familia, una fiesta en un yate cerca de Ibiza con mis amigos y lo que vaya surgiendo.

25 de agosto de 2011: Estas últimas cuatro semanas han estado cargadas de risas, ilusión, momentos increíbles, pero sobre todo han sido cuatro semanas muy felices, soy muy afortunada de poder decir: “soy feliz.”

Algo que nunca me había planteado, la herencia, no tengo muchas cosas: una casa, pero no es mía; es del banco, mi coche; se lo dejo a mi sobrino, pronto se sacará el carnet de conducir, todos mis juguetes de niña; se los di a mi sobrina hace unos días, mi bicicleta, ¿quién va querer esa vieja bicicleta?; yo le tengo mucho cariño; que hagan con ella lo que quieran, mis objetos personales se los dejo a mi madre y a mi hermana, que guarden lo que quieran y el resto que lo tiren. Un improvisado testamento en un sencillo diario.

5 de septiembre de 2011: Poco a poco decaigo, al fin y al cabo tengo un cáncer, pronto ingresaré en el hospital, pero con una sonrisa, porque soy muy feliz, todos mis sueños se han hecho realidad, tengo la mejor familia y amigos que se pueden tener, en estos meses no me han tratado como a una chica con cáncer, más bien como a la Sara de siempre porque eso es lo que yo he querido ser.
Los que peor han llevado esto han sido mis padres, siempre que creen que no los veo me miran con los ojos más tristes que he visto jamás, les miro, me sonríen, unas amargas sonrisas.

Ayer les dije:
-Está siendo muy duro para vosotros, ¿verdad?
-Mucho.- contestó mi madre sin poder evitar una lágrima.
-Para mí también, no todas las historias tienen un final feliz, pero he podido decidir cual quería que fuese el mío, un final feliz dentro de la tristeza.
-No hables en pasado sigues aquí.
-Lo sé papá, poco queda, lo que quería vivir lo he vivido, no necesito nada más. Soy enormemente feliz.
-Nos sentimos orgullosa de ti. Te queremos, cariño.
-Y yo a vosotros.

16 de noviembre de 2011,dos meses después de la muerte de Sara: Ayer descubrí este pequeño gran diario, una historia contada desde el punto más personal de quien sufre esta dura enfermedad.

Ella ha dejado un gran vacío en mi vida y en la de todos sus amigos y mi familia, pero lo más importante es que hoy la recordamos con una sonrisa en su cara, porque siempre nos quiso decir con su día a día que la vida son dos días y más cuando tienes los días contados. No hay tiempo para echarse a llorar y quejarse, es el momento de vivir pisando el acelerador de la vida a tope, como diría ella, sin pensar en el mañana.

Firmado: Cristina.

En los proximos tres meses publicaré las otras tres historias ganadoras:
-El globo mágico.
-Un verano inolvidable.
-La torre de los mil vientos.

GRACIAS por vistitar mi blog.
Sed felices. :)